Vengo de un hogar cuyas creencias cristianas, arraigadas a la fe católica fueron inculcadas en mí a través de la instrucción de mis padre y abuelos paternos. Gracias a estas circunstancias obtuve el conocimiento básico de la Biblia y nunca estuve enajenada de la historia y la persona de Jesús. Además de que el ejemplo de varios familiares religiosos, tías monjas y tíos sacerdotes, inspiraron en mí,  amor y respeto por las “cosas” de Dios.

A los 16 años, tras un tiempo de rebeldía adolescente, tuve una experiencia personal con el Dios que había anhelado conocer en mi niñez.  Mi conversión fue producto de un avivamiento desencadenado por el esfuerzo de un grupo de maestros de escuela superior que usaron el salón de clases para evangelizar no solo con palabras.  Hice pública profesión de fe el 25 de septiembre de 1999 en la Iglesia Presbiteriana de Cabo Rojo en un culto de jóvenes.  En ese momento sentí que mis ojos fueron abiertos a mi horrible condición pecaminosa y a la realidad hermosa de que Dios es un Dios personal que constantemente busca la restauración de la relación del hombre con él.

El hambre por Dios  me motivó a dos cosas: devorar la Biblia y congregarme continuamente. En la iglesia pude conocer familias entregadas a Cristo que enfrentaban situaciones tan difíciles como cualquier otra familia no creyente.  La fe va llevando al cristiano a tener la paz que sobrepasa todo entendimiento aunque todo alrededor se esté derrumbando.  Creyendo eso, decidí dos cosas: dejar de conformarme y comenzar a pedirle al Dios Todopoderoso que restaurara mi hogar que en esos momentos pasaba por una situación de enfermedad que nos consumía a todos . Vi contestada esa oración a mis 18 años de edad.

Mi relación con Dios ha sido de altas y bajas. He llorado de alegría en su presencia y también he llorado de arrepentimiento por fallarle a quien me dio la oportunidad de vivir. A pesar de las muchas veces que me he sentido lejos, El siempre me recuerda que está cerca a los que le buscan de veras (Prov. 145:18). No hay marcha atrás, no puedo huir de El.

Otra decisión muy importante, fue la decisión de casarme con alguien que me acercara a Dios.   Eso fue una decisión muy concienzuda. Por mi matrimonio vengo a ser parte de la Iglesia de Dios de la Profecía, concilio pentecostal de los movimientos de santidad.  En junio 2011, mi esposo fue nombrado pastor y yo comencé a realizar labores pastorales junto a él en la iglesia. Siento responsabilidad espiritual por la obra que pastorea mi esposo creyendo que Dios también la delegó en mí.  He podido ver el milagro del cumplimiento de las promesas que dicen, que Dios no nos dejará solos y ando buscando las herramientas para ser más eficiente en toda la labor que me ha sido encomendada; con la iglesia y la gente de la comunidad en la que servimos.

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